CONMEMORACION DEL ANIVERSARIO 60 DE LA LIBERACION DE AUSCHWITZ

“El fuhrer ha ordenado la solución definitiva de la cuestión judía. Los lugares de matanza que tenemos en el este no serán suficientes. Hemos escogido Auschwitz por la facilidad de comunicaciones y porque este campo puede ser fácilmente camuflado”

(Palabras de Himmler al comandante del campo Höss)

 

 

¿Qué podemos decir de Auschwitz?  

 

§      Que es un  lugar geográfico concreto ubicado a escasos 50 kilómetros  de Cracovia;

§      Que allí se exterminaron personas no por lo que dijeron o hicieron sino, lisa y llanamente por lo que eran: judíos. Condición que no puede cambiarse y a la que no se puede renunciar.

§      Que ha pasado a constituirse en  símbolo de la destrucción,  muerte y  sufrimiento,

§      Que allí el racismo, la judeofobia y la intolerancia reinaron a sus anchas  y los derechos humanos brillaron por su ausencia.

§      Que para muchos es la representación de una patología sin sentido, una desviación histórica inexplicable destinada a exterminar de la faz de la tierra a los judíos

§      Que Auschwitz es la encarnación del mal,  y el mal no tiene explicación ninguna, simplemente se vive o se niega su existencia. Como acontece con la escuela historiográfica que niega la existencia del holocausto, de las cámaras de gases y los seis millones de personas judías exterminadas.

§      Que en la actualidad es un sitio en el que se ha establecido un museo estatal con la intención de recuperar la memoria histórica, en especial ahora, con el auge del neofascismo en Europa.

 

¿Será ese el verdadero motivo por el que las naciones conmemoran con gran despliegue de mass media la liberación del ghetto?, ¿Es el único medio que tienen para hacer que sus habitantes tomen conciencia  de los peligros que encierra el rebrote de una ideología totalitarista, racista,  xenófoba y judeofoba?

 

En una libre asociación, cierro los ojos y evoco mentalmente el término: Auschwitz.  Llegan hasta mi imágenes terribles: cadáveres desnudos,  pilas de zapatos y  gafas que alguna vez tuvieron dueño; fotografías diversas en las que aparecen niños sonriente y grupos familiares felices, maletas que hablan de la esperanza de un viaje que no tuvo lugar, recuerdos de una época ida, de algo que fue y nunca mas volverá a ser.

 

Pienso en Aushwitz y bruscamente me golpea la astronómica cifra de 6 millones, seis millones de hermanos que fueron exterminados, seis millones de almas que, convertidas en números,  fueron despersonalizadas, y convertidas en cenizas. No obstante ellos eran más que un número, eran seres humanos con nombre, con una historia personal y un futuro que fue bruscamente truncado…

Auschwitz divide la historia contemporánea en un antes y un después. Un después que no tiene asidero a menos que reflexionemos acerca del significado del Holocausto, y aceptemos que, como muy bien escribió Ferrán Gallego[1],  “Auschwitz fue el fruto de la modernidad; no un asalto a lo moderno, sino fruto de la razón, y no de su destrucción. Auschwitz fue posible en el seno de una determinada concepción de la ciencia, del progreso, de la organización industrial, del dominio del hombre sobre la naturaleza y, en especial, de un modernísimo concepto del otro; del distinto, del que no soy yo, de aquel que me ayuda a reafirmarme en su existencia diferente y en su propia destrucción”.

Auschwitz es muerte,  destrucción, desesperanza, es una  herida sangrante en la historia de la humanidad, y  testimonio de un silencio mundial sobrecogedor.

 

En Aushwitz  el mundo –y nosotros somos parte de él- guardó silencio. Un silencio culpable, un silencio de muerte,  muerte de los ideales y de la sensibilidad, silencio que es prueba palpable de la des-humanización de una  humanidad  que se vanagloriaba de “ser civilizada.”.

 

Auschwitz representa la síntesis de la política nazi hacia los judíos, la implementación de una política sistemática de exterminio de la judería que se extendió entre 1933 y 1945.

Esta acción comenzó con arrestos masivos y promulgación de leyes discriminatorias, continuó con motines y destrucción y el establecimiento de campos de concentración y exterminio para culminar con la denominada “Solución final del problema judío”.

 

Entre 1933 y 1945, hubo:

 

§      Doce años de persecuciones, humillaciones, sufrimiento y posterior exterminio.

 

§      Doce años en los que las puertas del mundo, en su gran mayoría, se cerraron ante quienes buscaban refugio.

 

§      Doce años en los que aquellos que sabían lo que acontecía y tuvieron la oportunidad de hacer algo no lo hicieron. Tampoco lo comunicaron.

 

§      Doce años en los que el mundo guardó un ominoso silencio.

 

§      Doce años que convirtieron a las generaciones judías posteriores en huérfanas, a consecuencia del Holocausto

 

Nosotros, los judíos, para quienes la memoria histórica es importante, nos impusimos el deber de recordar, de no olvidar para que esto nunca más vuelva a repetirse, e instituimos un día especial –Yom hashoah vehagvura (Día del holocausto y el heroísmo) y construimos un memorial: Yad Vashem.

 

EL resto del mundo prefirió olvidar y relativizar, desjudaizar el holocausto y es así como surgieron pseudohistoriadores que sistemáticamente negaron y niegan aún la existencia del mismo, recurriendo a complicadas estadísticas para demostrar la imposibilidad del exterminio de seis millones de personas “como pretenden los judíos hacer creer con su propaganda”.

 

Lo cierto es que  “si uno elimina del holocausto la verdad básica de que fue la planificada aniquilación total del pueblo judío y el concreto asesinato de cerca de seis millones de ellos, éste pierde su sentido[2].

 

Yehuda Bauer, uno de los mas grandes historiadores de la Shoah, afirmó que  “la brutalización masiva contribuyó a desarrollar la posibilidad del Holocausto. Hasta ahora –escribió- ello solo sucedió con los judíos, pero existen futuros peligros para otros ¿Quién sabe quienes serán los “judíos” la próxima vez”[3].

 

Me pregunto y les pregunto a quienes se han congregado hoy en esta conmemoración: ¿Es pensable siquiera la existencia de una ‘próxima vez’? La memoria es débil y el  hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

 

Vivimos en una era de especialización que nos lleva a olvidar nuestra condición humana, a des-humanizarnos y convertirnos en seres que viven y piensan en función de su metro cuadrado y su disciplina. Nos hemos convertido en seres que asumen responsabilidad solo en lo que a nosotros y a nuestro reducido núcleo familiar se refiere. En seres que dividen al mundo en “nosotros” y “los otros” sin tener en cuenta que en la diferencia está la riqueza del contacto humano y que toda vida es preciosa independientemente del  color que sea, sin importar su religión, nacionalidad ni pensamiento político.

 

La violencia está inserta en el estresante ir y venir de la vida diaria. Ya no nos hablamos, nos gritamos; los juegos infantiles de antaño cedieron paso a las simulaciones bélicas, al derecho del mas fuerte; las cándidas y hermosas películas de Disney han sido reemplazadas por comics llenos de violencia y luchas intergalácticas… la muerte se ha vuelto cotidiana, no llama la atención, el sufrimiento ajeno pasa desapercibido porque lo vemos con los ojos pero no llega a nuestros corazones, no es a nosotros sino a “otros” a quienes acontecen las desgracias. Pero ¡cuidado!, esa es la más errónea de las actitudes, porque, podría sucedernos lo que relata en sabias  palabras Martín Niemoller, el notable pastor luterano alemán que vivió en esa época:

 

“Al principio vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista me quedé callado.

Después vinieron por los socialistas y por los miembros de los sindicatos, pero como yo no era ni uno ni otro, me quedé callado.

Después vinieron por los judíos, pero como yo no era judío, me quedé callado.

Y cuando vinieron por mí, ya no había nadie que intercediera por mí.”

 

Debemos tener presente que “cuando un grupo es perseguido, la humanidad entera es alcanzada”[4]. Todo indicio de judeofobia, xenofobia o cualquier otro tipo de discriminación, debe necesariamente  preocuparme a mí, a ustedes, a todos.

 

Debemos actuar como guardianes de la memoria histórica, debemos recordar, nunca olvidar, por eso es necesaria la conmemoración de la liberación de Auschwitz, el estudio del Holocausto y el impartir una educación en valores.

 

La memoria –dijo Wiesel- es una reacción contra la indiferencia. Por eso debemos recordar: “recordar por el bien de los que perecieron y por nuestro propio bien. La memoria quizás sea nuestra única esperanza de salvar este mundo de otro holocausto. Vamos a recordar a los héroes de Varsovia, a los mártires de Treblinka y a los niños de Auschwitz. Ellos lucharon solos, sufrieron solos pero no murieron solos. Pues algo en cada uno de nosotros murió con ellos”  y nosotros, el remanente del pueblo judío, somos hoy huérfanos a consecuencia del holocausto…

 

Hoy, sesenta años después de las atrocidades nazis, la humanidad vuelve a ser alcanzada porque mas de un grupo está siendo perseguido ¿esperaremos que la desgracia alcance la magnitud del Holocausto para reaccionar?

 

El mundo guardó silencio entonces. ¿Haremos lo mismo hoy? No.

 

Conmemorar la liberación del campo de exterminio de Auschwitz es la forma correcta para hacerle saber a quienes lucran con la violencia y la muerte, a quienes discriminan a las minorías, que no estamos dispuestos a aceptarlo.

 

Que nunca más permitiremos la existencia de un Auschwitz porque hemos aprendido la lección.

 

Hoy, aquí, ante ustedes, a escasos sesenta años de la liberación de Auschwitz

 

§      Quiero:  rememorar a mis hermanos que ya no están, a los familiares que nunca conoceré, a aquellos que fueron reducidos a números en un intento de arrebatarles su individualidad y su humanidad,

 

§      Quiero  rendir un tributo a quienes sobrevivieron esas páginas de horror, muchos de los cuales sienten culpabilidad por el solo hecho de estar vivos.

No, ellos no son culpables, son testigos, son la memoria viva que nos ayuda a rescatar  la memoria histórica, son quienes pueden  darnos a conocer testimonialmente, cara a cara y sin mediar frías cifras o documentos y hacer  partícipe a los que no vivimos esa época lo que la guerra significa, lo que significa ser inmigrante, refugiado, extranjero, apatridas que han sufrido pérdidas irreparables y separaciones traumáticas.

 

§      Quiero agradecer a los justos entre las naciones, escasos, pero muy valiosos, porque nos ayudan a re-encontrarnos y a confiar en el ser humano, y cuyo ejemplo nos  permite vislumbrar que  mientras existan personas dispuestas jugarse por salvar una vida no todo está perdido, que aún queda esperanza.

 

A todos ellos quisiera decirles que el mundo aprendió la lección. Sin embargo, a la vista de lo que acontece diariamente, solo puedo decir que  no es así. Que el mundo dista mucho de haber aprendido la lección.

 

Pero nosotros, el remanente del pueblo de Israel, que ha sido perseguido, humillado y vejado durante siglos, cultivamos la memoria histórica y nos hemos hecho el firme propósito de devolver los nombres  y ponerles un rostro a cada uno de los números que fueron escritos en los libros de registros nazis. Además, de  entre el humo y las cenizas, en uno de los montes de Jerusalem,  la esperanza y el amor hicieron surgir un memorial: Yad Vashem.

 

Porque todo hombre tiene un nombre, nombre tras nombre vamos uniendo trozos de historia, de la historia de seis millones de almas que ya no están  y recopilando datos acerca de los justos de las naciones, que hicieron la diferencia, y en  la más oscura de las noches  de la humanidad su actitud fue luz y promesa de un re-encuentro con lo humano.

 

Es en ese re-encuentro con lo humano que quiero insertar el acto de hoy en que nos es recordado nuestro sagrado deber de cumplir permanentemente con la mitzvá, con el mandamiento divino de zakhor, al tishkaj (recordar, no olvidar). No olvidar nunca la capacidad destructiva de la maldad e inscribir la promesa hecha hoy, por los mandatarios del mundo en Auschwitz:   

 

NIZKOR – RECORDAREMOS, LO NISHKAJ,  NO OLVIDAREMOS.

 

 



[1] Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona en su artículo 'Auschwitz: las razones de la barbarie'

[2] Bauer, Yehuda. “Holocausto ¿de quien?”

[3] Id Ibíd.

[4] Elie Wiesel

PALABRAS CLAVE:

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Prof. Ana María Tapia Adler

Cargo_autor

Miraflores 579, Santiago de Chile

amta@uchile.cl

Directora

Centro de Estudios Judaicos, Universidad de Chile.